Nota 1:33

La noche cae, con su frío y confortable silencio, mientras las pálidas cenizas de un cigarro barato se deslizan suavemente en el aire, separándose hasta tocar el plateado cenicero, regalo de su madre.

El resplandor del ordenador revela el fantasmal humo a su alrededor, que se dispersa en el aire, como sus pensamientos. Volátiles.

Esos ya conocidos, recurrentes pensamientos que inspiran de noche y mueren por la mañana.

El editor de texto está a la espera, ansioso. El cursor parpadea expectante, cual mesero esperando a escuchar la decisión del comensal mientras este lee el menú, sin saber qué elegir. Pero a diferencia del mesero, el editor de texto no juzga, no se exaspera y no lamenta la falta de criterio. Su propina será el mero hecho de ser utilizado.

Curioso como el hombre proyecta en sus creaciones el hecho de recibir premios e incentivos para hacer -o no- algo.

Intención menguante. Convicción en lo relativo y común, los errores.

Actos y razonamientos aleatorios. Fe en los resultados más favorables.

Es un ser simple y banal; a la vez, complejo y ambicioso. El mero hecho de poner en balanza las ventajas de ambas situaciones lo orilla a rechazar el hecho de elegir entre uno u otro.

Llegado el punto de no regreso, ni siquiera supo en que momento (o hace cuánto tiempo)  pasó.